Que la ex Presidenta Michelle Bachelet centre su discurso de aceptación de la candidatura en el drama de la desigualdad es como descubrir que “el agua moja”: nadie puede dudar que este es el principal problema y en consecuencia, un desafío por excelencia, al que hay que enfrentar en el próximo período de gobierno.
La derecha rechaza la idea de considerar la desigualdad como un problema importante en la política, por el contrario, profesa una verdadera religión de la desigualdad –el historiador Alberto Edwards lo sostenía, al referirse al Primer Ministro israelí como un apologista de la desigualdad-. Jaime Guzmán Errázuriz, siguiendo a Hayek, sostenía que la desigualdad era connatural al ser humano y constituía el principal motor del desarrollo del capitalismo. Las tres revoluciones – la protestante, la francesa y la rusa – destruyeron el “perfecto” orden medieval, donde reinaba la desigualdad y la jerarquía católica. Sus seguidores de la UDI han modernizado un poco tan retardatario pensamiento.
El carácter popular de la UDI no presenta ninguna contradicción con la religión de la desigualdad. Es muy distinto el concepto de la pobreza y su lucha por erradicarla, que aquel de luchar por la igualdad. Se puede reducir la pobreza, aún cuando sea con bonos y empleos precarios, sin que, necesariamente, pase algo parecido con la desigualdad, que es estructural y que alcanza la totalidad de la construcción social de un país. Para Laurence Golborne lo importante es la “meritocracia” – surgir desde Maipú, llegar a Cencosud, como gerente, a ministro y ahora, a candidato presidencial – que implica que cualquier persona, sin importar su origen o situación en la sociedad, u otros, puede surgir desde la pobreza hasta la riqueza; en este sentido, no interesa la inclusión social, sino que el éxito personal, producto del propio esfuerzo individual – mucho más radicales en el individualismo fueron Thatcher y Reagan, que niegan la solidaridad social, entendiendo su estructura como un conjunto de familias y personas que luchan por el éxito personal -.
En Chile, a medida que se ha ido reduciendo la pobreza, ha ido surgiendo con creciente fuerza el debate por la desigualdad existente en el país. Este debate se ha concentrado en la desigualdad de ingresos que las personas obtienen de las actividades económicas en las que participan y el indicador mayoritariamente usado ha sido el coeficiente de Gini. Este indicador también ha servido de base a las exclamaciones que señalan a Chile como uno de los países más desiguales de América Latina, la región más desigual del mundo. Aunque este indicador es comúnmente usado para dar cuenta de la desigualdad de ingresos existente en diversas sociedades, la comparación requiere precauciones metodológicas. Los estudios sobre desigualdad raramente indican cuál sería un grado de desigualdad socialmente aceptable. La discusión acerca de la desigualdad, por otro lado, se ha centrado en la desigualdad de ingreso y sólo muy recientemente han surgido trabajos académicos sobre otras dimensiones en las cuales se expresa la desigualdad.
Para algunos, la desigualdad es parte de la fisiología de un sistema económico gobernado por leyes científicas o “naturales” independientes del arbitrio humano, y por lo tanto amoral. Se trata de una consecuencia del orden natural de las cosas. El problema, si es que existe en absoluto, no es cuánta sea la diferencia entre el que tiene más y el que tiene menos, sino cuánto tiene el que menos tiene: si tiene lo suficiente, entonces el problema no existe (y según algunos, si no lo tiene tampoco). De este modo, la protesta del que tuvo poca suerte y se vio comparativamente menos favorecido por un “modelo” que favoreció a todos, es pura y simple envidia.
La gran deuda teórica de los “enemigos del modelo” es que no han logrado demostrar que la desigualdad económica sea en sí misma injusta. De hecho, tampoco han logrado explicar que lo sea la pobreza, haya o no grandes desigualdades. Y no lo han logrado porque no han podido responder a la pregunta central de los “defensores del modelo”: ¿quién les debe qué y en virtud de qué título a los pobres?
Por eso, la mejor defensa de los elementales principios de propiedad privada, libertad económica y libre mercado es aquella que, reconociendo su naturaleza derivada, reconoce también sus límites, porque entonces se los puede defender con argumentos y no con ideologías, pues son un tema racional que se investiga, y no una religión que se suscribe, de modo que los eventuales errores en su comprensión se corrigen discutiendo y no con “terapia”.
Para Tejemedios escribió:
PAOLA MORALES VARGAS
Abogada Licenciada en Derecho